I
El Texto del Credo
EL QUICUMQUE · VERSÍCULOS 1-43
1Quienquiera que quiera salvarse debe, antes que nada, sostener la fe católica.
Quicumque vult salvus esse, ante omnium opus est ut teneat catholicam fidem.
El credo abre con una condición universal: la salvación exige aferrarse a la
fe católica (es decir, universal, ortodoxa). No se trata de una fe parcial
ni de una adhesión superficial, sino de una fe íntegra y firme. Esta cláusula
introduce la afirmación programática que desarrollará todo el texto.
2Que quien no guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente.
La fe debe guardarse íntegra (sin omitir nada) e inviolada
(sin alterar nada). Quien no la conserve así, perecerá eternamente. Esta
advertencia solemne subraya la gravedad de la fidelidad doctrinal: la fe no
es un complemento opcional de la salvación, sino su condición necesaria.
3La fe católica es esta: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad.
El credo define la fe católica con una fórmula paradójica: un solo
Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad. No son dos religiones
en una, sino un solo Dios verdadero que existe eternamente en tres personas.
La veneración debida a cada persona es la misma, porque la divinidad es una.
4Sin confundir las personas ni separar la sustancia.
Dos errores que el credo rechaza desde el principio. Confundir las
personas es decir que el Padre, el Hijo y el Espíritu son lo mismo (sabelianismo
o modalismo). Separar la sustancia es decir que son tres dioses (triteísmo).
La fe católica mantiene la distinción real de las personas sin dividir la
divinidad única.
5Una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo.
Las tres personas son realmente distintas, no son meros modos
de manifestación. El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Espíritu, el Espíritu
no es el Padre. Cada persona tiene una identidad propia, aunque comparten
la misma sustancia divina. Esta distinción es esencial para la fe cristiana.
6Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y majestad coeterna.
La distinción de personas no implica división de naturaleza. Las
tres personas tienen una sola divinidad, gloria igual y majestad
coeterna. Ninguna persona es más divina, más gloriosa o más eterna que
las otras. La igualdad es absoluta; la distinción es solo relacional.
7Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo.
Una fórmula de identidad esencial: cual es el Padre, tal es el Hijo,
tal el Espíritu Santo. Las tres personas poseen las mismas perfecciones
divinas: eternidad, omnipotencia, omnisciencia, bondad, santidad. La diversidad
de personas no introduce diversidad de naturaleza.
8El Padre no fue hecho, el Hijo no fue hecho, el Espíritu Santo no fue hecho.
Las tres personas son increadas: ninguna fue hecha, creada
o producida. El credo niega así toda forma de subordinacionismo ontológico.
El Hijo no es una criatura, por excelente que sea; es Dios de Dios, Luz de Luz.
9El Padre es increado, el Hijo es increado, el Espíritu Santo es increado.
Se repite la afirmación por énfasis y claridad. Cada persona es
increada en su propio modo: el Padre por no tener origen, el Hijo por
ser engendrado, el Espíritu por proceder. La distinción de origen no afecta
la igualdad de naturaleza.
10Y en esta Trinidad nada es anterior ni posterior, nada mayor ni menor.
La Trinidad es absolutamente igualitaria. No hay orden de
precedencia, ni jerarquía de dignidad, ni diferencia de magnitud. El Hijo no
es menor que el Padre, ni el Espíritu menor que el Hijo. La única distinción
es la de origen: el Padre engendra, el Hijo es engendrado, el Espíritu procede.
11Además, es necesario para la salvación eterna creer fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo.
El credo pasa de la Trinidad a la encarnación. La fe trinitaria
no es suficiente sin la fe cristológica. Es necesario para la salvación
eterna creer fielmente en la encarnación: que el Hijo de Dios, la segunda
persona de la Trinidad, asumió la naturaleza humana en el seno de la Virgen María.
12Es, pues, la fe recta que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre.
La fórmula central de la fe cristológica: Jesucristo es Dios
y hombre, sin división, sin confusión, sin mezcla. No es medio Dios y
medio hombre, ni Dios con un cuerpo humano, sino verdadero Dios y verdadero
hombre, enteramente ambas cosas.
13Dios, engendrado del Padre antes de los siglos; hombre, nacido de la madre en el tiempo.
Dos modos de existencia que se unen en una sola persona. Dios:
engendrado del Padre antes de los siglos (generación eterna, sin principio).
Hombre: nacido de la madre en el tiempo (encarnación histórica, con
principio temporal). La unión de lo eterno y lo temporal en una sola persona
es el misterio central del cristianismo.
14Perfecto Dios y perfecto hombre.
Cristo no es un ser híbrido, sino perfecto Dios y perfecto
hombre. Su divinidad es completa: tiene todos los atributos de Dios. Su
humanidad es completa: tiene un cuerpo real, un alma racional, pasiones,
hambre, cansancio, muerte. No es un Dios disfrazado de hombre, ni un hombre
que llegó a ser Dios.
15Igual al Padre según la divinidad, y menor que el Padre según la humanidad.
Dos afirmaciones aparentemente contradictorias que la fe sostiene
juntas. Igual al Padre según la divinidad: en su naturaleza divina, el
Hijo tiene la misma perfección que el Padre. Menor que el Padre según la
humanidad: en su naturaleza humana, el Hijo está sometido al Padre, como
cualquier humano. La distinción de naturalezas permite ambas afirmaciones
sin contradicción real.
16Quien, aunque es Dios y hombre, no es dos, sino un solo Cristo.
La unión de las dos naturalezas no produce dos personas, sino una
sola persona. No hay "dos Cristos": un Cristo divino y un Cristo humano.
Hay un solo Cristo que es simultáneamente Dios y hombre, con una identidad
personal única que abarca ambas naturalezas.
17Uno, no por la conversión de la divinidad en carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios.
La unión hipostática no es una conversión de la divinidad
en carne (lo cual destruiría la divinidad), sino una asunción de la
humanidad en la persona divina. Dios no se hizo hombre dejando de ser Dios;
asumió la naturaleza humana sin perder la naturaleza divina. La humanidad es
asumida, no absorbida; la divinidad no se transforma, sino que se une.
18Y esta fe, si no la creyere cada uno fiel y firmemente, no podrá salvarse.
La conclusión del credo vuelve a la advertencia inicial: la fe
trinitaria y cristológica es indispensable para la salvación. No basta
con creer vagamente en Dios; es necesario creer con fidelidad y firmeza en la
Trinidad y en la encarnación del Hijo. La fe no es un complemento, sino la
condición necesaria de la salvación eterna.